Tenia el cuello color marfil,
y el pelo como el fuego más violento.
media lo inalcanzable,
y perpetuaba su vida
a cada paso que daba,
con sus perfectas piernas,
y sus pequeños pies.
la imagen de una primavera nueva,
fresca y con vida
con ganas de arrasar con lo existente,
que estuviera a su vista.
a su paso.
Su sonrisa lo llenaba todo,
saliendo de esa boca,
páramo donde muchos querían llegar,
y beber de ella , sin prisas.
viéndola pasar.
como ahora,
se pueden escuchar
las campanadas de la iglesia
que se encuentra justo enfrente,
a compás de los latidos,
de quien la mira.
y nosotros tan pasivos,
la miramos a latidos intensos,
la vemos irse.
pasar.
mientras pensamos la misma idea
de abandonar nuestro café,
y todo lo que uno se pueda dejar atrás
para salir corriendo,
detrás de su rastro;
largo
tan largo y de color rojo intenso.